Hace quince años, un primer viaje a República Dominicana con mis queridos padres cambió mi vida para siempre. Desde el momento en que llegamos, este país nos abrazó con una calidez que no habíamos sentido antes, llenando nuestros días de experiencias inolvidables y de una intensidad que todavía resuena en mi corazón.

El día que volvimos a nacer.. Fue en uno de los momentos más frágiles de nuestras vidas, entre la vida y la muerte, cuando la verdadera esencia de este país se reveló.
Una gran tormenta tropical nos sorprendió en el mar caribe. Por aquel entonces no había alertas, ni internet en los móviles… ni forma de anticipar el tiempo. Solo la fuerza imprevisible de la naturaleza y nuestra vulnerabilidad.

Es en esos momentos cuando el tiempo se detiene, la vida entera pasa en décimas de segundos ante tus ojos y todo lo que creías importante deja de serlo.

La caleta “prohibida” que nos salvó.
Tras lo que nos pareció una eternidad, llegamos a la deriva hasta un lugar de la costa que los dominicanos le llaman «La caleta», lugar donde días antes, el hotel, nos había advertido que mejor no ir.

Lo que no sabiamos es que allí nos esperaba algo que ningún cinco estrellas podría ofrecer: la humanidad pura y genuína del pueblo dominicano.

Personas humildes, cercanas, nos recibieron con abrazos reales, palabras amables y preocupación. Nos cuidaron, nos consolaron, nos ofrecieron ron, sonrisas y compañía.

Y entre ellos, Carlos, el dj del hotel que viajaba con nosotros y el capitán de aquella barquita azul de pescadores, se convirtieron en parte de nuestra familia, su cariño y cercanía nos marcó para siempre.

Bayahibe: cerveza fría, bachata y vida sencilla
Aún diluviando, empapados, exhaustos, cantando, temblando de emoción, entre alegría, lagrimas y abrazos, con ganas de celebrar la vida eternamente, nos acercaron a Bayahibe, entonces, un pequeño pueblo de pescadores.

Un lugar donde apenas se veían extranjeros; y prácticamente éramos los únicos.

Entramos al colmado del pueblo..
con sonrisas que no nos cabían en la cara..
tan pronto llorábamos como reíamos..
cerveza fría.. presidente.. para celebrar la vida.. para ahogar las penas..
bachata sonando de fondo..
la vida cotidiana pasando sin prisa..

Y en esa sencillez, la vida nos recordó algo muy grande: cuando la vida te pone al límite, lo único que importa es lo humano.

Más allá del todo incluido
Ese viaje nos hizo entender que en República Dominicana el turismo muchas veces se queda encerrado en las cadenas hoteleras, sin dar espacio a conocer a la gente que realmente hace grande este país.

Reflexioné sobre el miedo que se vende para que no salgas, para que no conozcas, para que no te fíes de la gente.

Pero viajar de verdad es confíar, conocer, salir de lo ya conocido.

Mucho más allá de sus playas bonitas, de sus excursiones, del que ver y qué hacer. Es pararse y mirar, hablar con su gente, caminar sus calles, escuchar su música, compartir su vida cotidiana y ayudar a que su economía también florezca.

Y ahí, justo ahí, es donde un país se muestra tal y como es.

Por qué sigo volviendo cada año
Hoy Bayahibe es más conocido y recibe muchos visitantes, pero esa esencia humana sigue intacta.

Y esa vivencia fue la semilla de algo que aún hoy me acompaña,
por eso vuelvo cada año..
por eso sigo descubriendo rincones..
por eso sigo enamorándome de su gente..


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